martes, 27 de febrero de 2007

Late Night with Conan O'Brien

Aquella noche, ante una castigada botella de Glenfiddich, intentaba aclarar sus prioridades y estudiar atentamente el abanico de posibilidades que se descubrían ante sus ojos. Un vaso medio lleno y dos cubitos de hielo bailando entre los cuarenta y tres grados del whisky, le acompañaban en sus meditaciones.
Su mujer dormía hacia ya un rato y se podía oír su respiración sincopada con bastante nitidez. Como siempre se había dejado encendido el televisor y aunque la puerta estaba cerrada, podía distinguirse la voz de Conan O’Brian entrevistando a algún actorcillo de tres al cuarto, vanagloriándose de haber estrenado la séptima parte de Scary Movie.
¡Dios! Como detestaba a aquellos pseudoperiodistas, que habían pasado en un abrir y cerrar de ojos de mimarlo con cariño fraternal a ni siquiera contestar sus llamadas.
Y todo a raíz de aquella falsa acusación, que destrozó por completo la impoluta imagen de la que siempre había presumido. Aquella manada de articulistas y ridículos reporteros, que atisbando la mínima posibilidad de conseguir sangre fácil, no dudaron un momento en atacar y calumniar para sacar la máxima tajada posible. Daba igual que la fragilidad de las pruebas pidiera a gritos una prudencia que no estaban dispuestos a otorgar. Eran como ávidos carroñeros, tenían a su presa y nadie les iba a arrebatar el trozo de carne que se habían ganado a dentelladas. Quince días de vejatorias primeras páginas en todos los periódicos bastaron para saciar aquel apetito.
Tras el juicio, después de demostrar ampliamente que no había tenido nada que ver con la violación de aquel pobre niño, la mayoría de aquellos cronistas de pacotilla, ni siquiera se dignaron en disculparse. Cortaron cualquier tipo de relación. Su presencia se había convertido en veneno para las audiencias, decían.
Y lo peor de todo, es que Nika seguía incondicionalmente enganchada a aquellos “late nights” que tanta basura habían lanzado sobre su nombre.
Otro motivo más para demostrarles a todos cuan injustos habían sido. Encendió otro Camel y apuró el último suspiro de su vaso.

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